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Hubo un tiempo que no fue este. La plaza mayor de los pueblos recibía sangre fresca y los insensibles, felices, borrachos e invisibles, se arremolinaban y bailoteaban junto a los cadáveres. Los periódicos hablaban de plazas llenas y no había faena mala mientras el sobre rebosante de billetes se deslizase con disimulo de la mano del apoderado al bolsillo del periodista. La tortura daba dinero. Mucho. Y buena fama. Nadie la discutía. Nadie preguntaba de dónde brotaba la sangre. No había quien cuestionara para qué tanto dolor o cuánto valía una vida. Se ocultaba la crueldad debajo del capote, la verdad en la costumbre; la ética no existía. Las víctimas eran objetos invisibles que dejaban de respirar con la misma naturalidad y aplausos que un regate de Pelé. La empatía sólo se desplazaba en la dirección interesada de la mala conciencia. Hasta hubo quienes quitaban la vida a lanzadas sin que nadie les molestase. Todo aquello acabó. Fue un tiempo que ya no es este.

Un día se desperezó como se desperezan las cosas naturales; sin que nadie las espere. Sin que nadie las reclame. Despertó en la conciencia de aquellos cuyos ojos miraron más allá de la estructura de su piel. Y fue definitivo. Otra perspectiva. Otro discurso. Otra sensibilidad. Otra gente. Nuestra gente. El mérito fue cuestionarse. El resto llegó sólo. La sangre de la plaza mayor empezó a oler. Los borrachos aún vitoreaban, pero ahora había valientes que los señalaban. Ya no eran invisibles. La crueldad se llamó por su nombre. No fue fácil. Hubo que jugarse el pellejo en territorio hostil. Abrir un camino inexplorado en los despachos públicos. Alzar la voz; llamar la atención. Romper lanzas hasta que ya no quedaran. Denunciar el negocio hasta que perdió adeptos y beneficios. Y derramar lágrimas. Nadie nos contó que la revolución también iba de eso: sufrir su dolor y gritar por ellos. Pero el cambio había comenzado. Y ya era imparable. Eso ocurrió ayer.

El futuro ha llegado. Somos nosotros. Los que aún miramos más allá de la estructura de nuestra piel. La sensibilidad ha crecido hasta conquistar agendas ajenas, cabeceras en los telediarios y editoriales en los periódicos. El número de activistas es cada vez mayor. El termómetro del sentimiento animalista, reflejado en éxito electoral, ha puesto al Partido Animalista — PACMA a un paso de obtener representación en las instituciones. Nadie cuestiona ya la crueldad de los inocentes arrojados desde los campanarios, lanceados hasta la muerte, torturados hasta la agonía. Sólo queda derribar una barrera: la de la costumbre. No será fácil, pero hace tiempo que el movimiento transita por el camino adecuado. No hay que apartarse. Nuestra misión es la abolición. Y el próximo sábado (10 de septiembre), en Madrid, celebraremos que estamos unidos y que lo estamos consiguiendo. Que mañana no habrá insensibles a los que señalar. El futuro está llegando. Habrá un tiempo mejor. Y será nuestro.

Imagen por cortesía de Partido Animalista – PACMA

*En esta web podéis encontrar más información sobre la manifestación que tendrá lugar el próximo sábado en Madrid. La convoca el Partido Animalista y será histórica: www.misionabolicion.es 

Andrés Cardenete

Andrés Cardenete

Periodista at Kalani
Licenciado en periodismo. La mayor parte de mi carrera la desempeñé en medios.
Trabajo en un departamento de comunicación mientras echo de menos la trinchera.
Andrés Cardenete

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